Siendo una persona con múltiples intereses y mi propia jefa desde hace 25 años, pasé por mil formas de intentar gestionar bien mi tiempo. Iba del estrés al burnt-out, al llanto, al insomnio, mientras en mi interior crecía la frustración de sentir que NUNCA tenía tiempo para hacer todo lo que quería, muchísimo menos para VIVIR. Los métodos de productividad me ayudaban a funcionar en fogonazos que llevaban tarde o temprano a que mi cuerpo reventara por alguna parte. Parón obligado que me hacía perder todo el tiempo que "había ganado". Vuelta a la casilla uno, pero más cansada, más gruñona y menos feliz.
Hasta que un día vi lo obvio: algo tenía que cambiar. No pasó de la noche a la mañana. Empecé a entender el lenguaje del tiempo. Me di cuenta de que cuando intentas atraparlo se contrae, no alcanza. Pero cuando te comunicas con él desde el corazón, con claridad, se expande. El tiempo coopera con tus sueños y proyectos. Las mismas horas del día, esas que apenas me servían para cumplir justo, justo con mis obligaciones, empezaron a soltar minutos aquí y allá para trabajar en mis sueños. Entendí que, a fin de cuentas, el tiempo solo te pide respeto. Un respeto que significa saber qué quieres de verdad, qué es lo importante. A partir de allí,